Los Juegos Olímpicos se celebran por los logros atléticos, pero una tradición menos conocida prospera junto con la competencia: el intercambio de pines. Lo que comenzó como simples insignias de identificación a fines del siglo XIX se ha convertido en una subcultura muy querida, donde los atletas, el personal y los fanáticos intercambian pines coleccionables como muestras de conexión y amistad. En los Juegos de Milán Cortina de 2026, esta práctica es más vibrante que nunca, atrayendo entusiastas y provocando una competencia amistosa y no oficial propia.
La historia de los bolos olímpicos
Los primeros pines olímpicos eran más funcionales que coleccionables y se utilizaban para distinguir a los atletas, jueces y funcionarios. Los primeros pines específicos de un país aparecieron en los Juegos de Londres de 1908, pero fue en los Juegos Olímpicos de París de 1924 donde realmente se arraigó el intercambio de pines como símbolo de camaradería. En los Juegos de Lake Placid de 1982, coleccionistas dedicados formalizaron la tradición formando el Olympin Collectors Club, con el objetivo de preservar este aspecto único del espíritu olímpico.
Las reglas y la etiqueta del comercio
El intercambio de pines no se trata sólo de adquirir diseños raros; se trata de interacción y respeto. Si bien no existen regulaciones oficiales, a lo largo de décadas ha surgido un conjunto de reglas tácitas. Se espera que los coleccionistas muestren los pines con claridad, interactúen cortésmente, eviten monopolizar los intercambios y se abstengan de expresar un entusiasmo excesivo por pines específicos. El principio fundamental sigue siendo fomentar las conexiones, no simplemente completar colecciones.
Por qué es importante el comercio de pines
El intercambio de pines trasciende la mera recolección. Para los atletas, es una manera de romper el hielo de baja presión que trasciende las barreras del idioma y las diferencias culturales. Permite a los competidores conectarse a nivel personal, fomentando amistades que pueden durar más que sus carreras olímpicas. Para los voluntarios y espectadores, es una actividad social que fomenta la interacción y crea un sentido de comunidad.
Como explica la luger estadounidense Sophia Kirkby, utiliza sus alfileres hechos a mano para compartir su identidad como atleta y artista. “Me encanta conocer gente por un momento… y regalarles algo que hice con mis propias manos. Es una sensación genial crear algo y verlo alegrar a la gente”.
La era moderna del comercio de pines
La tecnología ahora está integrada en la tradición. En los Juegos de Milán Cortina de 2026, Alibaba presentó un robot de intercambio de pines impulsado por inteligencia artificial, que permite a los atletas intercambiar pines mediante comandos de voz o gestos. Los teléfonos inteligentes Samsung precargados con un juego de intercambio de pines mejoran aún más el aspecto digital de este pasatiempo analógico. A pesar de estas innovaciones, el atractivo central sigue siendo el mismo: un intercambio tangible, impulsado por humanos, que fomenta la conexión en un entorno que de otro modo estaría dominado por la competencia.
El comercio de pines es un microcosmos del espíritu olímpico, donde los intereses compartidos y el respeto mutuo superan las fronteras nacionales. Sirve como recordatorio de que más allá de la búsqueda de medallas de oro, los Juegos tienen como objetivo, en última instancia, construir puentes y celebrar la unidad.









